Vivimos en un mundo (al menos en la parte en que yo he tenido la suerte de nacer) en que podemos decir que somos bastante libres. También podríamos añadir “en un tiempo”, porque, evidentemente, el siglo XX no hay sido el siglo I o el XV. No solo para los derechos de las mujeres, que también. Hoy, además, siento que de nuevo esos derechos se ven ultrajados con la decisión sobre el aborto en Estados Unidos. De nuevo, se invisibiliza a las mujeres y sus derechos, invocando a un “supuesto mucho más elevado” como sería la maternidad. En fin…
En este mundo en que “podemos ser lo que queramos”, hay matices, no podía ser de otra manera. He conocido a niños de menos de 10 años que ya tienen claro que han nacido siendo del sexo equivocado. Y eso, me ha dado mucho en que pensar…
Uno de los motivos quizá sea que, en este mundo, supongo que por un tema práctico de organización, o de costumbre, hemos creado una especie de convenios para conseguir entendernos, como las franjas horarias o las normas de conducción. Y también los hombres y mujeres tenemos unas “características” que nos distinguen (afortunadamente, cada vez más difuminadas). Aun así, para un niño, o, mejor dicho, para algunos niños muy especiales, debe ser difícil de entender que por tener un pene, no puedes llevar falda, pendientes, maquillarte o pintarte las uñas, como le pasaba a un niño que conozco. Desde que tenía 2 años.
Si “ser niño” – u hombre, o niña, o mujer, o joven, o viejo – significa una serie de cosas “acordadas” por otras gentes y por otros tiempos, ¿por qué tengo yo que ser eso si lo siento diferente? Entiendo muy fácilmente el mecanismo de pensamiento que debe pasar por la cabeza de un chaval de 3 años a quien le gusta hacer cosas “que no están incluidas” en su ficha de “ser niño”: pues no quiero ser niño.
Fácil.
En algún lugar leí algo sobre estructuras líquidas o redondas, en lugar de la cuadrícula en que vivimos. Los indios americanos (si, esos “salvajes” a los que “el hombre civilizado” llevó a la extinción) tenían 5 sexos posibles, que iban desde el masculino al femenino, pasando por el neutro y un par más con diferente grado de feminidad/masculinidad. Y tu no nacías en uno u otro, te situabas en uno de ellos conforme te sentías…
Cada una de las personas que rompen los moldes, que se sienten diferentes y necesitan crear su propia “rejilla” de características en la que encajar, obligan al mundo a avanzar, a cuestionarse, a crecer, a revisar los porqués. Son vistas de muy diferentes maneras: desde el ridículo hasta el heroísmo, pasando por “modelos a seguir”, valientes, marginales, conflictivos… siempre dependiendo de nuestra propia mirada, empatía y tolerancia.
Yo tengo 55 años, y no soy una persona convencional. De hecho, nada de lo que uno se imagina al pensar en una mujer de 55 años con dos hijos es lo que yo soy. Ya me he acostumbrado a sorprender y a escuchar que soy una “inspiración”, que abro camino y que “olé mis cojones”…
Pero, ¿sabéis? me siento sola en ese supuesto lugar privilegiado en que eres diferente. Porque sí, es cierto, quizá estoy abriendo camino a que el mundo vea a las mujeres de 40 o 50 (o 60 – ya llegaré) con otros ojos,… pero ¡qué solo se está ahí!… cuando gran parte de la gente de tu edad no te cuadra, la gente más joven no te acaba de tomar en serio, en los trabajos filtran tu curriculum por “mayor”, hasta que, si hay suerte, te ven en persona y tu energía les rompe los esquemas (podría aplicarse a Tinder, por cierto) y en la vida te sientes una especie de bicho raro que va contracorriente.
Y no es que tú quieras ir contracorriente, no quieres “ser más joven”, no te estás resistiendo a envejecer, simplemente, estas viviendo de acuerdo con lo que sientes, a tu energía, a tus ganas de comerte el mundo, a tu imposibilidad de rendirte. No puedes vivir de otra manera que esa, porque esta es tu naturaleza, que va en contra a la lista de “ser una mujer de 50” escrita por esos que decidieron cómo era “ser hombre o mujer” en otro tiempo y en otro lugar.
Estamos cambiando el mundo, todas las mujeres y hombres, niños y niñas que vivimos de acuerdo a lo que nos dicta el corazón. Que miramos la lista de “cómo hay que ser” como si no fuera con nosotros y decidimos crear la nuestra, aunque mucha gente se quede ahí, fuera, admirándose, sorprendiéndose o negando con la cabeza, aunque, por supuesto, están más que invitados a cambiar esa mirada, a acompañarnos en el cambio.
Yo me doy cuenta de que no me eligen porque soy difícil, porque elegir a una mujer de 50 cuando puedes elegir a una de 30 es como “renunciar” a algo. Es como si pensaran que ya el camino va hacia abajo y no quieren imaginarse eso para ellos, aquí caben relaciones amorosas, laborales y algunas amistosas.
Yo ya he aprendido lo que es importante y lo que no, ya he aprendido a respetarme a mi misma y a los demás, a ser tolerante, a que entender los motivos de un comportamiento no significan que lo aceptes (especialmente si te duele o te hace mal), ya sé que las personas a mi lado me van a fallar a veces (y quizá yo a ellos en algún momento).
Yo ya sé estar, valorar, entusiasmarme, disfrutar algunas conexiones porque sé que son mágicas cuando suceden, a veces tan raramente que dejarlas pasar me rompe por dentro, de pura rabia.
Romper moldes es un trabajo agotador. No hay otra, pero hay veces que desearías ajustarte a la norma existente, conformarte con lo que se conforman todos y no ser diferente. Pero eso te deja vacío y sintiendo que vives la vida a medio gas o con el gas parado del todo.
He aprendido mucho en estos 50 años, he hecho todo muchas veces, llorar, sufrir, entusiasmarme, cambiar, reír, soñar, planear, follar, pensar que estaba enamorada, romperme, reconstruirme, buscar una ilusión… ¿pensáis que mi molde puede ser igual a cualquier otro? ¿pensáis que todo el valor que viene conmigo es una especie de saldo, cuando en realidad es un tesoro?
Uno de mis últimos amantes se asustó al pensar que por añadir el sexo a nuestra amistad nuestra relación se iba a convertir en algo standard. Tuvimos un momento interesante con eso, en que, de nuevo, me sentí que nunca soy por la que se apuesta con los ojos cerrados. Hasta que vi que yo NO quiero ser su pareja. Joder, yo quiero ser mucho más y no tiene nada que ver con ser pareja o poseer. Soy mucho más ambiciosa y la suerte que va a tener el que lo entienda (que también va a tener que tener mucho valor, ojo, porque me paso por el coño todas las descripciones de relaciones y eso, hay que saber manejarlo). Yo quiero ser algo que cuando mires atrás en tu vida digas: “Joder, que bien que me encontré con Silvia y que compartí ese tiempo con ella”.
Mi impacto en este mundo y en las personas que considero mías (familia, hijos, amigos, amantes, colegas, ¿lectores?) no es poseerlos, adoctrinarlos, seguirles el rollo, recrearles los oídos… mi papel en vuestras vidas, queridos míos, va a ser empujaros a exprimirla, a ser vuestra mejor versión, a que no os frenéis por vuestros miedos, a que digáis que sí, a que experimentéis y os equivoquéis. A los que estáis más cerca, a que me hagáis participe de vuestros triunfos y derrotas, porque sentirme parte de vuestras vidas es un honor. Que me acompañéis en mis aventuras, y que no sienta vuestra admiración “por romper las normas”, sino vuestro amor por tenerme cerca.
La magia no es lo que nos cuentan, no es algo que pasa sin más. La magia se crea.
Se crea cada vez que te alejas de lo que no te hace brillar.
Se crea cuando te dejas arrastrar por algo que intuyes que será bueno, aunque tiembles de miedo.
Se crea confiando en ti mismo, creyendo que lo que la vida te trae es un regalo inesperado.
Se crea cuando te sientes bien contigo misma, a pesar de que no te elijan.
Se crea en cada fallo, en cada prueba, en cada duda que no te ha hecho detenerte hacia aquello que quieres conseguir.
Se crea con la chispa en tus ojos cuando haces esas cosas que te dan la vida, aunque nadie más las haga y te cuestionen por ello.
Se crea cuando te miras a través de tus propios ojos y tu valor no pasa por el filtro de la mirada de los demás, y te permites ser raro, diferente, especial, único.
Se crea con lágrimas de decepciones que nos enseñan a no ofrecer descuentos para que alguien esté en nuestra vida, a costa de nuestro propio valor.
Se crea cuando los miedos te los comes y eres capaz de inventar una realidad que los sobrepasa, en que todo lo que has vivido y aprendido ya, los mira de frente y los hace empequeñecer.
Se crea con risas a las que no queremos renunciar.
Se crea cuando a pesar de sentirte sola porque nadie está contigo ahí, en primera línea, no das ni un paso atrás, sin drama, sin neones que lo anuncien.
Se crea cuando decides que este momento es maravilloso para ser diferente a todo y a todos, y está bien.
Porque, para mí, para muchos, rompiendo moldes creamos magia.