La luna, las estrellas, vino blanco y sabor a lágrimas.
Anoche tuve un accidente de coche, con mi hija en el asiento del «copi» y tres amigos suyos detrás. Suerte que todos llevaban el cinturón.
Estamos todos bien. Podríamos estar en un hospital. O peor.
Ellos se fueron de fiesta (quién pudiera volver a los dieciocho) y yo llegué a casa, me tumbé a mirar las estrellas, disfruté (por fin) de un poco de aire fresco en este verano infernal y brindé por la suerte con una copa de vino (bueno, dos). Y también lloré por el susto, en soledad, como casi siempre.
En un abrir y cerrar de ojos la vida te puede poner del revés, o del derecho, según como te pille.
Y se nos olvida tol’rato.
Y es que estamos de paso, esto, señores, caduca.
Y que solo nos llevamos lo que nos eriza la piel… mientras andamos perdiendo el norte preocupados por un trabajo o un desamor… (Vale, que sí, que hay que pagar facturas e ilusionarse y pasar el luto cuando no sale bien… no se me alboroten).
Frágil, esa es la palabra de hoy.
Frágiles, porque tenemos tendencia a rompernos si no nos tratan con cierto cuidado. A veces, pareciera que estamos completos, bien, enteros… pero por dentro, jugamos a buscar la pieza que falta, que alguien o algo hizo pedazos en alguna esquina oscura de la vida. Y nadie sabe lo rotos que estamos, lo incompletos, lo asustados. Porque algunos disimulamos muy bien.
Frágil, porque hoy me siento vulnerable y, de repente, la Silvia más rota no es capaz de ‘auto-completarse’ sacando polvo de oro de la nada para cubrir las grietas. Hoy me siento cansada, y miro al cielo estrellado buscando consuelo. Y esa luna preciosa me vuelve a ver triste.
En un abrir y cerrar de ojos, todo puede cambiar. La vida tiene esas bromas.
Lo que te aburre por rutinario, de repente es aquello a lo que más querrías volver.
Lo que deseas y dejas pasar, te hará preguntarte si ese sacrificio te compensó, porque lo que no vives, te lo pierdes.
Retrasar ese viaje que me añade brillo en la mirada, definitivamente no es una buena decisión.
Olvidarte de que esto no es un ensayo, es tu tiempo para VIVIR, para rebañar el plato.
Es curioso como las preocupaciones toman una dimensión diferente, cuando te enfrentas a la posibilidad de no tener ninguna.
En este mes difícil, en el que me he pasado los días echando de menos el frío, buscando paz, procesando situaciones humillantes y replanteándome presente y futuro, en que algunas luces se han convertido en sombras y en que la vida sigue empeñada en hacerme más fuerte no poniéndolo fácil, estoy cansada. Y un poco harta. Que no me vale para nada, ya lo sé…. pero escribirlo me recuerda que aquí hemos venido a aprender, a jugar, a rompernos y recomponernos mil veces.
Estaría bien poder elegir dónde tener el golpe de suerte. O que los deseos a las estrellas se cumplieran de tanto en tanto. Digo yo.
Hay una frase en una canción tonta (que nunca estará en mi Spotify) que conecta conmigo. Y cuando suena en algún lado, espero a oírla, como para asentir. La canción es «Noche ochentera» (muy para mí) y la frase es «que nos sobran ganas de amar».
Y sí, me sobran. Hace ya tiempo.
Hoy que estoy viva y que me sobran ganas de amar siento demasiadas cosas a la vez. Y me asusta quedarme con esas ganas, aunque hayamos aprendido a convivir juntas sin grandes dramas.
Ese tic tac implacable me inquieta por lo imprevisible, a la vez que me toca los cojones.
Hoy especialmente.