Ruleta rusa

Una vez leí una frase que decía algo así: “Unos se drogan, otros se emborrachan, otros leen conversaciones antiguas. Cada quién se mata a su manera”.

Yo siempre he sido de conversaciones antiguas. Debería empezar a considerar el alcohol o las drogas, seguramente sería infinitamente menos doloroso.

Cuando releo algunas conversaciones pasadas, reconozco a una Silvia diferente a la que soy hoy. En todas puedo reconocer cómo me sentía, qué había en mi estómago, en mis vísceras. En muchas leo esperanza, ilusión, ganas, confianza, cariño… aunque también miedo, enfado, decepción, tristeza.

Hay algunas conversaciones que te recuerdan lo mucho que has cambiado, lo idiota (o inocente) que fuiste, lo mucho que te gustaba alguien y lo fácil que se lo pusiste para que te llevara a su terreno, la forma en que alguien te subió a las nubes y te dejó caer, como alguien te descuidó… y luego están esas, esas que te atraviesan y te queman allí por donde pasan. A esas, esas que te resistes a borrar, vuelves de vez en cuando, buscando aquello que te aceleraba el pulso, no sabiendo bien si llorar o reír, recordando quien fuiste y reconociendo partes de ti que rompieron, que ya no están… y, a la vez, querrías poder volver atrás y olvidar, en una mezcla agridulce de lección aprendida y nostalgia por aquello que te hubiera gustado que pudiera ser.

Respiras hondo y cargas la pistola de tu ruleta rusa, esperando esa palabra, esa frase que más te duele, que te mate por fin. Supongo que hay personas que pasan por nuestras vidas para demostrarnos que hay venenos que te hacen sentir muy vivo. Hay personas que provocan una especie de adicción, como la heroína o saltar en paracaídas. Y saber que es veneno no parece ayudar mucho cuando echas de menos esa adrenalina, ese vértigo… esa conexión que no se va a repetir fácilmente con nadie.

Por desgracia.

Por suerte.

Deja un comentario