Invisible

En mi caso, las tres veces fueron igual. Notando una cierta distancia, un cambio en las respuestas a mensajes, una indiferencia muy sutil, como un “ayer te hubieran seguido el rollo”, y hoy hay una especie de “ah, sí, hmn, vale”.
Y mi alarma interior: “algo está pasando”.
(Esa alarma… la mismita que varias veces en mi vida he ignorado -“Bah, imaginaciones tuyas”- y que luego ha acabado mirándome, toa’ chula ella, como diciendo: “¿qué? que no… ¿no?”)

Cada vez ha empezado igual, con esa distancia sutil, con alguna pregunta mía tipo “¿pasa algo?”, ¿está todo bien?”, «¿hablamos?»… que normalmente cae en una especie de abismo en que siento que no ha sido recibida, ni tomada en cuenta, ni contestada.
Y luego, a veces en unos días, a veces en unas semanas: la invisibilidad. Constatar que esa persona ya no está ahí. A veces con el agravante de no poder ni siquiera sentarte y hablar del tema… porque es que de verdad ya no están disponibles para ti.

¿Qué pasa cuando alguien te ignora? No hablo de alguien a quien acabas de conocer y que, por esos cortocircuitos del universo, a ti va y te deslumbra cuando del otro lado solo te ven como un agujero negro del que apartarse. Exagerando un poco, vale. En esas veces, que te ignoren es casi una bendición, porque sabes -desde antes de encariñarte- que esa persona no está por la labor. Venga, hasta luego.

En estos tiempos de WhatsApp, Tinder y de relaciones tan robustas como pompas de jabón… ignorar es una práctica común. Parece que un mensaje en el móvil no compromete, como si no hubiera una persona detrás que lo redacta, que se toma un momento para “acercarse” a nosotros.

Ignoramos todo el rato, por mil razones. A veces porque no nos va bien contestar en ese momento (ojo, que tampoco digo que lo de la inmediatez sea una buena práctica), muchas otras porque el nivel de mensajes y de canales se está volviendo inmanejable y, muchas, muchas de las veces, porque, simplemente, no tenemos interés.

Cuando alguien se vuelve muy insistente, la siguiente opción en esta modernidad nuestra es bloquear. Que siempre me pregunto qué significa eso. Supongo que hay casos en los que realmente es una forma de obtener distancia. Otras es cobardía. O cansancio, en parte fruto de tanta exposición digital. Esta sociedad está perdiendo la capacidad de enfrentar los conflictos. Ya no digamos de enfrentarlos de una forma educada, respetuosa e, incluso, constructiva. (Está pasando hasta con candidatos en procesos laborales, que desaparecen porque no se ven capaces de decir «no me interesa su oferta, ¡gracias!»).

Supongo que, si sí has sido capaz de enfrentar el conflicto y pedirle a alguien que deje de ponerse en contacto contigo, bloquear es una opción razonable. Aunque… de nuevo, me pregunto qué es bloquear… y pienso en un episodio de Black Mirror donde bloquear significaba que te volvías “gris” (digamos que era una especie de invisibilidad), según la cual la gente no te veía y no podía interaccionar contigo, ni tú con ellos, a ningún nivel. Dejabas de ver a la persona, si te cruzabas con ella por la calle solo veías (veían) una silueta gris, impersonal, irreconocible. Inquietante idea.

Volviendo a mi pregunta del principio y yendo más al detalle: ¿Qué pasa cuando alguien importante para ti te ignora? Para mí la respuesta es que duele, que es una de las cosas que más daño pueden hacerme. Que me condenen al silencio y a la invisibilidad me provoca una tristeza que me cuesta manejar y superar. Muchos días, semanas, incluso meses… demasiado tiempo seguramente. Pero así es.

Supongo que a veces la otra persona se está protegiendo, otras, insisto, será cansancio, pero, otras muchas, es falta de madurez y de valentía para solucionar (o cerrar y a otra cosa mariposa) una situación complicada. Además de la falta total de empatía que supone borrarse de un día para otro de la vida de alguien, que, quizá ha metido la pata, pero que seguramente también, tiene su corazoncito.

Ya he aprendido que siempre hay varias versiones. Hay veces que no quieres herir, estoy segura, pero, como dice mi Amaya, “se te hace bola” y no sabes por donde tirar… y como acabaría por apuntar mi amiga Graciela: “… te hacen daño y es más por torpeza que por maldad”. Las dos tienen razón.

Cuando hay mal rollo con alguien que te importa, quizá necesitas unos días para alejarte, pensar (o no), y ver cómo te vas sintiendo. En ocasiones, con los días, puedes empezar a ver razones que no veías en un primer momento y darte cuenta de que “tu verdad” no era todo lo que contaba. Pasada la primera tormenta, te gustaría retomar una conversación con más calma. Y resulta que te ignoran. Y tus intentos de acercarte a esa persona son en vano. Y, al menos yo, acabo preguntándome cómo puede ser que alguien que ha formado parte de mi vida, con quien me ha unido una relación cercana, me haya convertido en una silueta gris con la que no quiere ni hablar.

En mi vida me ha pasado ya unas tres veces que yo recuerde, siempre en relaciones de amistad (bueno, en relaciones pseudo-amorosas seguro que me ha pasado muchísimas más, pero no tomé nota, no dejaron marca, seguramente porque no me dolieron como me han dolido esas tres). Siempre digo que una “decepción amistosa” es mucho más dolorosa que una amorosa… quizá es que, en mi caso, mis amigos acaban formando parte de mi vida de una forma profunda y, para mí, tan para siempre, que no entiendo que la amistad se acabe sin ni siquiera poder lucharla, sin un intento de entender al otro, que al fin y al cabo conoces y sabes que no es perfecto. Quizá porque para mí la amistad siempre ha estado mucho más ligada a la generosidad que el amor “de pareja”.

Cuando te ignoran tienes que aceptar que la otra persona, o no puede o no quiere tenerte cerca, ni siquiera para despedirse y hacerte el duelo más fácil. Que no pueda o no quiera nos va a dar igual, para el caso es lo mismo. Si alguien puede ignorarte, quizá es que no le importas tanto. Yo nunca he podido ignorar a alguien que quiero. Aunque mi decisión haya sido apartarme, y aunque después en el tiempo nuestros caminos se hayan separado, nunca he bloqueado, ignorado o imposibilitado que alguien venga a decir algo que necesite decirme. Probablemente soy una blandengue.

Me duele sentir que alguien pueda llegar a saber que estoy triste y que me gustaría tener una (quizá última) charla, y me ignore. Me duele tan profundamente porque soy incapaz de entender el porqué. Aunque sepa que ya ese lugar de amistad se ha desvanecido y no me puedo quedar.

Porque cuando alguien te demuestra que te valora tan poco, no te queda otra que irte.

Porque no siempre podemos conseguir ese cierre, esa explicación, esa disculpa (darla o recibirla) que nos ayuda a curar.

Porque, aun así, la vida sigue y tenemos que ser capaces de usar nuestra propia medicina, se llame autoestima o aceptación. Y tomar nota mental para ver si puedes intentar no equivocarte tanto con el valor que le das a las personas, demasiado al alza casi siempre.

Como dijo Benedetti: “¿Por qué estar triste? Perdí a gente que no me amaba, y ellos perdieron a alguien que sí”. Quizá sea una buena forma de mirarlo, mientras se me va curando la tristeza, al fin y al cabo.

Deja un comentario