Hoy hace un año que mi vecino Jose murió de un infarto fulminante.
Hoy vi como lo intentaban reanimar y la mirada de desesperación de su mujer. Nunca había estado en una situación así, y, hoy, un año después, me sigue afectando cuando lo pienso.
En todos estos meses he pensado en él en muchísimas ocasiones, aún a veces me parece reconocer su risa y su voz en el rellano, y otras, espero encontrármelo en el ascensor o por el barrio, viniendo de comprar la fruta.
Ese día, cuando el equipo de reanimación se rindió y subí a casa, me tomé una cerveza y brindé por la vida. Y lloré un rato por la muerte, la fragilidad, el vértigo de aquello que realmente no podemos ni controlar ni evitar. Eso que, seguramente por lo ineludible, se nos vuelve un tanto invisible.
En este año he leído varios libros sobre la muerte. Uno de ellos, La Rueda de la Vida de Elisabeth Kübler-Ross, me ayudó a sentirme mejor, curiosamente, me dio paz. Habla de que nuestros espíritus nos acompañan SIEMPRE a la hora de morir, que nadie muere solo. Y pensé en lo que la mujer de Jose me decía sobre los últimos días de su marido, en los que había estado recordando especialmente a su madre fallecida hacía mucho tiempo. Seguramente porque ya estaba muy cerca de él.
Después leí Muchas vidas, muchos maestros de Brian Weiss. En este libro, muy cortito, donde se habla claramente de la reencarnación, me sentí bien… Habla de que cuando morimos, en nuestra forma espiritual, hacemos balance de nuestra vida (imagino que dotados de una inteligencia superior, porque si nos juzgamos con lo mismo que hemos tenido en vida, seguro que hasta nos damos la razón…). En ese balance, el verdadero infierno o cielo según el papel que hayamos hecho, tomamos consciencia de las lecciones que nos faltan por aprender. Nos tomamos un tiempo, descansamos, y, llegado un momento, decidimos volver a la forma humana cuándo, cómo, rodeados de quiénes queramos y con un objetivo: aprender algo. Es como que nos apuntamos a un «curso» que hemos diseñado nosotros mismos.
Me emocionó especialmente la idea de que las almas que se han querido en una vida, tienden a irse encontrando. Quien en una vida fue tu madre, quizá en una nueva sea tu mejor amiga, o tu mentora. Y también tendemos a encontrarnos con aquellas almas con las que tenemos cuentas pendientes. Alguien que nos hizo mucho daño quizá necesita volver a encontrarnos para solucionar eso que nos hizo… o ser capaz de aprender la lección. Reconozco que la idea de la posibilidad de reencontrarme con almas queridas me emociona profundamente.
Lo malo de todo esto, es que no nos dan una hoja de apuntes con, a saber: objetivo del curso, asignaturas más importantes, almas amadas con quien nos reencontramos y su papel, almas con las que tenemos algo pendiente y cómo manejar esa incomodidad (según el libro, podemos sentir esa conexión especial, eso de «me cae bien, es como que nos conocieramos de siempre» o «no sé, no me inspira confianza»… TODO TIENE UNA RAZÓN).
A veces, cuando los acontecimientos me superan y no sé qué tengo que hacer, o no sé para donde tirar o qué espero de mi; cuando me siento perdida y triste; cuando parece que nada tiene sentido… en esos momentos me digo: «Tú te apuntaste a esto, no sabemos para qué, pero estaba en el curso, así que, tira»…. y bueno, me da cierto consuelo pensar que mi forma espiritual me puso aquí y decidió qué tipo de vida iba a tener y las experiencias que me tocaban. Aunque me gustaría tener unas pistas, porque igual yo me estoy creyendo que esto va de aprender a estar sola y el exámen lo voy a suspender porque no he pillado para nada el hilo de la cuestión.
En fin, que mi espíritu o alma o como le queramos llamar, me apuntó a esto.
Sin pistas, ni apuntes.
Ni el nombre del curso te dan, para mayor despiste.
Ni si estás aquello en parvulario de almas o ya eres un espíritu casi licenciado.
A veces pienso que estaba borracha (o borracho, que en espíritu sí que debe ser difícil de definir).
No sé si, de vez en cuando, uno se permite una especie de vida de vacaciones y te mandas a una isla, sin mucha ambición ni complicaciones, en la cual te dedicas a contemplar lo bonito que es tu pequeño mundo y a intentar llevar luz a la gente que tienes cerca. O quizá hay alguna vida temática, aquello de «ésta para estudiar» y simplemente te dedicas a aprender y aprender y poco más (cómo me gustaría una vida así, o de aventuras y no parar de viajar).
En fin, que no sé yo cómo hacer para no olvidarme de todo esto en mi paso de Silvia a espíritu, cuando sea que me toque. Supongo que lo importante no se olvida. Supongo que las almas que conectan, se buscan sin darse cuenta donde sea que nos vamos cuando somos espíritus. Supongo que mi espíritu escogió la vida y las lecciones que necesito. Supongo que Jose sigue aquí, cuidando a su mujer y a su peque, esperando por ellas, porque los tres decidieron que sus vidas iban a estar marcadas por lo que pasó hace un año. No sé bien los motivos que mueven a los espíritus, pero estoy segura de que hay algo ahí, más fuerte, luminoso y profundamente sereno, que nos abraza y nos acompaña en ese camino.
O, al menos, me da paz pensarlo.