El otro día estuve en la playa… y la mitad del personal iba en pelotas…
Que pensé: “Con la de tiempo que hace que no pillas cacho… no sé yo si te conviene estar aquí, rodeada de tanta piel al sol…”. Luego, observando con más detenimiento (No pensemos mal, que os conozco, que una es observadora de por sí, sin influir, en este caso, el “TEMA” observado), pues eso, que con más detenimiento, la perspectiva (como siempre) cambia.
Y la “cosa” no es para tanto.
Lo cierto es que solo un par eran “dignas” de cierta admiración, el resto, daban un poquico de pena… y es que, en su mayoría, eran ya hombres entrados en una edad (ojo, una maravillosa edad en la cual “se las suda” ya bastante el aspecto de su cuerpo, en general, y de su masculinidad, en particular…).
Hombres y mujeres que se muestran tal cual su madre los trajo al mundo, sin pudor, sin vergüenza, sin aspavientos… tal cual. Allí, en bolas hablando de si el gazpacho mejor con cebolla o ni de coña.
Y me parece saludable y muy liberador… Aunque, a la vez, me cago en el paso del tiempo y en lo que le pasa a la piel. Y me da terror pensar que alguna vez voy a ser yo esa atrapada en una piel de “vieja” a pesar de sentirme una campanilla. El paso del tiempo, la flaccidez y su puta madre, el aceptar que tu firmeza nunca volverá, mirarte al espejo y no reconocerte en su reflejo, cerrar los ojos y seguir siendo una loca medio adolescente por dentro, a la vez que entiendes que la vida pasa y que nunca vas a volver a ser más joven que ahora mismo… todo eso me da miedo y vértigo, honestamente.
También me dio por pensar que me cago en la presión que tenemos las mujeres con eso de estar guapas, jóvenes, tersas y fantásticas SIEMPRE. Con eso de que no importa la edad que tengas, tu barriga ha de estar flaca, tu culo respingón y tus tetas nunca deberían sentir la gravedad… y miraba los penes de esos señores maduritos convertidos en algo más que un botón y me preguntaba por qué ellos no tienen esa presión, cuando su “gran tesoro” se acaba convirtiendo en “eso” que difícilmente puede resultar ni atractivo, ni excitante y, me atrevo a decir, probablemente ni siquiera sea funcional.
Nos han estado puteando toda la vida, joder.
Además, y ahora no va a haber ningún comentario jocoso, ayer pasó algo que le ha dado la vuelta a todo, estos pensamientos incluídos.
Ayer se murió mi vecino Jose.
Un tío entrañable donde los haya, encantador, alegre… lo recordaré siempre por su amabilidad, sus bromas, su ternura con mis hijos, su disponibilidad para ayudar. Una vez llegué a mi casa y me lo encontré en la cocina, cenando con mis hijos y su hija… que no encontraba las llaves de su casa, había tocado a la mía y allí estaban todos, cenando cuando yo llegué. Era cercano y una buena persona.
Pero tenía problemas de corazón y tuvo un infarto fulminante. 36 años. Su mujer llamó a mi puerta en medio de su desesperación y vi como no podía aceptar lo que estaba pasando, como su hija de 6 años no sabía donde ponerse y como el equipo de emergencias luchaba por reanimarlo, sin éxito. 36 años. Y yo lo miraba y pensaba: “Venga, Jose, joder, vuelve con tus chicas”, …y no, no volvió. Y los problemas que le preocupaban ayer por la mañana, ya no son importantes.
Ni siquiera los que me preocupaban a mí.
Ver a alguien tirado en el suelo y la máquina de masaje cardíaco sacudiendo su cuerpo; ver a su mujer rota preguntándose a quien le iba a contar ahora todo; a su nena, sin realmente entender qué estaba pasando… me rompió el corazón. A la peque me la llevé con mis hijos y a mi vecina la abracé el rato que pude… sin saber realmente qué decir sobre qué se hace cuando la vida te recuerda que somos frágiles y que todo puede cambiar en un segundo.
Que somos las risas que nos llevamos, el amor que hemos repartido y la piel que hemos compartido.
Que el paso del tiempo es implacable y que tu piel “de viejo” es, seguramente, una prisión con un punto cruel y una lección difícil de aceptación (y más en estos tiempos de imagen y belleza superficial e impuesta)… pero que mucho peor es que tu tiempo se pare de repente, dejando besos, abrazos, risas, miradas pendientes.
Jose, donde estés, fue un placer ser “tu vecina”, cuidar de tus gatos alguna vez, recogerte paquetes de Amazon, guardar vuestras llaves para todas las veces que te las dejabas puestas o las perdías. Gracias por las risas, fuiste un tipo genial y espero que donde estés, puedas cuidar a tus chicas y asegurarte de que estén bien.
Y yo espero no olvidarme que la vida es eso, algo precioso y frágil. Algo que se me olvida demasiado a menudo.
Y que no quiero nada en mi vida…
… que me quite la sonrisa
… que me haga sentir que no soy suficiente
… que no sume, porque si no suma, en realidad, resta
… que me haga perder el tiempo, o la energía
… que sea complicado, que me vendan lo que no es
… que me digan que algo “no toca” o “no se puede”… yo quiero exprimir la vida!!!
Sabéis? mi piel, con sus 54 añazos, es mía y que sí, claro que me gustaría más firme, pero la que tengo está llena de vida…
Quien no está aquí para compartir conmigo, no me vale.
Porque la vida es hoy y no quiero olvidarme ni de mi fragilidad, ni de que lo único que tenemos, es el ahora, por liberador (o terrorífico) que resulte.