Durmiendo en el suelo

En este año de cansancio mental… me pregunto muchas veces por qué no escribo, ya que siempre fue mi mejor terapia. Supongo que la respuesta es, precisamente, el cansancio mental.
Lo malo es que pensar, pienso… sigo estando «atopedepagüer» en eso de darle vueltas a las cosas, reflexionar, observar, analizar, re-pensar…
Vamos, que todo el «trabajo» mental lo sigo haciendo, pero sin sacar el vapor en forma de palabras… curioso. Igual debería replantearme los motivos de mi cansancio…

Re-formulo: En este año en que la situación no ha ayudado a las personas muy aptas a comerse la cabeza como yo, me pregunto muchas veces por qué no escribo, o por qué escribo poco.

Quizá es que tengo pocas cosas que contar, quizá es que no tengo ese ánimo canalla que necesito para sentir que lo que escribo tiene «chispa», quizá, simplemente, me parece que lo que me pasa tiene poco de interesante… no sé… 

El motivo de este post es que he cambiado de colchón… y hasta me he despedido de él. Y he hablado con el «nuevo». Ya sabíais que muy normal no soy, así que no os hagáis los sorprendidos ahora.

Pues sí, tenía que estrenar cama ayer, pero por un problema con el transportista, me voy a pasar una semana durmiendo en el suelo con mi colchón nuevo (que ya me mola, le da un aire hippy/haima al cuarto…).
Y, ¿sabéis? me dio penica ver salir a MI colchón de casa… con la de momentazos que hemos compartido.

En él ha dado vueltas mi panza de embarazada,
han dormido mis bebés,
he dormido con mi marido,
he dormido siendo divorciada,
he pegado unos cuantos revolcones (algunos memorables, algunos otros con más de uno que no se mereció nunca ni un centímetro de ese lugar),
he visto series,
leído libros,
maquinado planes imposibles,
sufrido insomnios,
llorado por decepciones,
reído hasta las lágrimas en esas maravillosas conversaciones trasnochadas con alguna amiga loca,
planeado la conquista de la luna,
comido la cabeza por situaciones que me dolían,
recibido mensajes que han provocado tal sonrisa que no me ha dejado dormir (aunque por algún motivo extraño – la naturaleza que es sabia – he amanecido radiante,… la felicidad, ese gran elixir…).

La cuestión es que ese colchón que ha sido testigo de prácticamente todas mis noches desde hace 15 años (si, ya sé que hay que renovarlos antes, pesados) ha pasado a mejor vida, y, espero que en las horas que ha coincidido con el «nuevo», lo haya puesto al día.
Espero que le haya hablado de las noches con nórdico y ventilador en Julio y las de ventana abierta en Diciembre.
Que le haya dicho que soy de no tener hora para ir a dormir, porque me cuesta frenar… y de no tener hora para levantarme, porque me cuesta arrancar. Aunque si el motivo es bueno (como un viaje, un entreno, LA PLAYA) saltaré de su calor sin pestañear (o bueno, quizá pestañeando un pelín).

Y sí, también he hablado con el «nuevo», claro. Le he dado la bienvenida y le he dicho que nos lo vamos a pasar muy bien juntos.
Tengo la duda de si me ha malinterpretado y ahora piensa que nos vamos a hartar de follar… cuando yo en lo que estoy pensando es en que veremos series, nos echaremos siestas y que, siendo bastante optimistas, igual algún que otro orgasmo cae con el satifyer de los cojones… pero que vamos, no lo tengo ni cargao…
Voy a tener que aclararle el tema, que las expectativas son muy malas y fuente infinita de dolor en este nuestro planeta.

Como dice mi amiga Amaya: «pobre colchón, que no va a catar varón…». (No diréis que no mola como estribillo para una canción…).

Pues así es: las pruebas físicas, culturales y PSICOLOGICAS que voy a establecer para llegar a ese colchón van a dejar en ridículo modo DIOS el proceso de selección de los bomberos. Que hemos estado regalando el acceso, pensado que con eso engañábamos a la soledad… cuando la necesidad de otra piel a cualquier precio solo acaba pasando factura en tu amor propio, en tu alma.
Y YA VALE.

Espero que el colchón viejo le haya dicho al nuevo que merezco algo mejor… que mi alma ya está bastante herida, que he aprendido a dormir en diagonal y a soñar sola, a no contar más que con mis propias fuerzas.
Que la etapa de aprender a vivir después de un confinamiento, de no abrazar a quien queremos, de no sentirnos libres, ha sido una muy buena maestra sobre el amor propio, sobre el valor, sobre perspectiva y sobre lo que YA NO QUIERO MÁS.

Si me paro a pensarlo, no sé qué decirle a mi nuevo colchón sobre lo que SÍ QUIERO, porque estoy aprendiendo que lo que quieres, te lo puedes ir inventando por el camino, afinando cual instrumento, matizando cual color, adaptándolo a aquello que sientes que te hace bien, con serenidad, plenitud y calma.
A estas alturas de mi vida (y de mi colchón) lo que ya sé es lo que no quiero, en eso no tengo dudas. No quiero medias tintas, no quiero no sentirme suficiente, no quiero que me hagan callar o que me digan que lo que pido no toca, no quiero nada que no me deje una sonrisa en el alma y en la cara, de esas que te hacen estar radiante aunque no hayas pegado ojo en toda la noche, con tu colchón como testigo.


Nuevo colchón, bienvenido.

Vamos a vivir un montón de aventuras, DE LAS BUENAS, juntos… Lo sé!



Deja un comentario