No me regañes por sentirme bien

Si hay una constante en mi vida (digamos que adulta) es que transmito buena energía.
Es así.
Me lo ha dicho tanta gente distinta y que me conoce de guerras tan diferentes que he decidido creérmelo (digo yo que alguno lo dirá por quedar bien, pero no todos, ¿no?).

Para poder escribirlo aquí, tengo que ignorar la vergüenza que me da contarlo (por aquello de parecer soberbia), y concentrarme en esa sensación cálida y gratificante que da el escucharlo… así que allá voy… a mí la gente me dice cosas como éstas (redoble de tambores, plis):

– “cuando tú entras en un sitio, se nota tu energía, tu presencia, es imposible no sentirla porque eres como una luz”
– “las sesiones de grupo (lo he oído de entrenos, reuniones de trabajo y eventos varios) contigo son mejores, haces que todo funcione, que la gente esté cómoda, que se rían”
– “no sé por qué te estoy explicando esto, si apenas te conozco”
– “eres como un cableado mágico, consigues que grupos que normalmente no se relacionan, se pongan en contacto e interaccionen, sin darse ni cuenta… creas equipo de forma natural”
– “no sé por qué, pero me gusta más cuando vienes tú, no sé explicarlo, pero das buen rollo”
– “desde que estás aquí, veo que la gente se ha relajado, sonríe, algunos, que siempre estaban serios, gastan bromas y todo es mucho más divertido, ahora da gusto venir”

… Y muchas cosas parecidas… (aunque parezca “una tía dura”, os juro que estas cosas me emocionan profundamente).

¿Sabéis? Hay algo mágico que me pasa… y es que con las personas con las que, en algún momento de la vida, hemos tenido muy buena conexión, ya pueden pasar años, que nos volvemos a ver y es como si hubiéramos hablado ayer.
Nos encontramos y el tiempo se ha borrado.

Hubo una etapa, antes de escribir mi libro, que me sorprendía cómo muchas de esas personas volvían a mi vida, la mayoría buscando consejo o para desahogarse conmigo en situaciones jodidas. Primero pensé que era casualidad…

También pasaba que otros de los que se acercaban eran “casi desconocidos”, compañeros de trabajo o de entreno, con los que no había apenas confianza. Y ahí estábamos, tomando un café y abriendo su corazón para mí. Pidiéndome consejo. ¡A mí! ¡Con lo que me llego a equivocar…!

Mi amiga Graciela me dijo en una ocasión que era porque veían que mi opinión iba a ser diferente a la de todos y que su intuición les guiaba a mí. Ahora que lo miro con unos años de distancia, creo que seguramente era así. Al final, las personas transmitimos en una frecuencia determinada, y mi frecuencia parece que a algunas personas les da consuelo.

Mientras escribo ésto, con esa distancia que tanta claridad aporta, también me doy cuenta de que esa energía que parece que tengo, ha pasado por sus momentos de estar a cero. Vamos, ha estado a menos un millón. Ha pasado por sus propias guerras y sus propios momentos de oscuridad total. Me he sentido vacía, asustada, triste, enfadada, me he dejado infravalorar y apagar, he roto mis moldes, saltado al vacío, sentido que no sabía a donde iba, ni si quería ni siquiera ir a ningún lado… me he enfrentado a mis miedos, a mi soledad, a mis demonios, a mis equivocaciones y mis dudas… he batallado mis guerras, lamido mis heridas, y llorado mis pérdidas.
Y AQUÍ ESTOY.

No sé, quizá el Universo nos regala a todos una fuentecita de energía al nacer. Quizá forma parte de lo que somos, de nuestra esencia, pero tengo claro que no es una pila inagotable como las del conejito Duracell… hacer que siga brotando es un trabajo, a veces agotador, a veces muy sencillo, pero que de ninguna manera “sale solo”.

En estos días de encierro, de confinamiento, de poner nuestro granito de arena para evitar que los contagiados por este virus se disparen, me siento bien.
Me sorprende INCLUSO lo BIEN que estoy.
Estoy en paz, con ganas de hacer cosas, gestionando sin agobios mi tiempo en casa y sintiéndome libre de prisas y de compromisos (impuestos, autoimpuestos, asumidos, y hasta de los que gustan)… aprovechando para hacer aquello para lo que nunca hay tiempo, mirándome a mi misma, echando un ojo a la vida y haciendo un cierto balance, aprendiendo a valorar las cosas que hasta ahora no nos parecían tan importantes, ya sea por lo cotidianas o por lo “dadas por seguro”, sintiendo que soy afortunada, observando todo lo bueno y maravilloso que tengo hoy y dando gracias por ello.
Mañana ya veremos.

Hago mil cosas cada día (menos salir a la calle), desde bailar hasta preparar álbumes con fotos antiguas o de viajes (qué buena perspectiva dan esas fotos de vida, por favor, y qué ganas tengo de viajar, madre mía), desde vociferar canciones alegres hasta tomar el sol, desde entrenar y cagarme en la madre que parió al “coach” hasta tumbarme en la cama, mirar al techo y pasarme un buen rato pensando en tontadas, desde leer a cocinar o marujear o hacer de manitas.
Y es que no hay otra.

En estos días, cuando alguien me pregunta cómo llevo el encierro y mi respuesta, con Mamma Mía de Abba como fondo musical, es: “super bien, hasta sorprendida de lo bien que estoy…”, algunos se molestan.
Algunos incluso “me regañan”… como si mi buen ánimo fuera una especie de falta de respeto a la situación actual.
Como si estar bien AHORA me convirtiera en una inconsciente Campanilla que vive de espaldas a la realidad.

Pues bien, mi buena energía no significa que no vea lo complicado de la situación, ni que hay familias preocupadas por sus enfermos o llorando muertes y profesionales dando la cara y arriesgando su propia salud en todo esto.
No significa que no entienda los graves problemas económicos que algunos sufren ya o van a sufrir si se alarga. Yo misma quizá acabo en el paro este año… pero AHORA, HOY, mis únicas preguntas por la mañana son si mi familia está bien y si aun tengo trabajo. Por ahora, las respuestas son SI.
Si mañana eso cambia, quizá tendré que poner mi energía a trabajar para superar, cambiar o transitar hacia otro lugar… pero, por ahora, mi buena energía es lo único que puedo enviar al universo.

Mis aplausos a las 20h. y mi sonrisa para todos los vecinos; mis bromas, mis ocurrencias y mis proposiciones tipo “¿por qué no hacemos…? “sufridas” por mis hijos; mis llamadas constantes a mi madre para que se sienta acompañada; esos whatsapps canallas a mi gente, para recordarles que los quiero y que se acuerden de reírse mucho; mi atención a mí misma para que no olvide que soy importante y que venirme abajo, agriar el carácter o ponerme triste no van a ayudar a nadie, ni cambiar nada.

Como decía hace unos días mi querido Mr. Avelain (seguidlo por YouTube, Insta o algo, es genial este chico) en uno de sus vídeos sobre el confinamiento: “El gobierno ha decretado un estado de alarma, y algunos han decretado un estado de ánimo”… y eso, el ánimo, me parece fundamental mantenerlo bien alto esto días.

Además, esta calma, esta paz, esta buena energía, me las he ganado. No he llegado hasta aquí sin heridas, sin lucharlo. Así que, que nadie me regañe por estar feliz y por pensar que mi luz es un granito de arena más para solucionar esto.

He dicho.

Chimpún.

 

Deja un comentario