Reaprendiendo los básicos…

Y aquí andamos…

Llamando a la “yaya” varias veces al día, enseñándola a conectarnos con video conferencias para hacerla partícipe de momentos en casa que sin “coronavirus” se hubiera perdido seguro. Espero que esta nueva costumbre sea de las que ha llegado para quedarse. Su cara despistada en la pantalla despierta toda mi ternura.

Y haciendo “tik toks” con mi hija, y empezando a pensar que quizá podríamos hacer uno cada día (bueno, no nos flipemos, caaaasi cada día). No solamente es divertido hacerlo juntas, sino una forma de jugar a disfrazarnos, maquillarnos y vernos diferentes (ya ni hablemos de perder la vergüenza y pasar de todo).

Y escuchando sus conversaciones, sí, sus conversaciones, las de mis bebés, con sus amigos, y descubrir que ya no son tan niños y que su personalidad ya es la de pequeños adultos, en tantas cosas demasiado parecidos a mi (mierda). También me deja claro que los niños de ahora y los de antes no tienen nada que ver… yo con su edad era tonta hasta decir basta.

Y observando(me). Y comprobando como aun no consigo desconectar de la necesidad de tener una lista de cosas por hacer, y sentir que “he fallado” si no está todo tachado al final del día. Concluyendo, muy a mi pesar, que no existe un “no tener nada que hacer”: solo pasa si estás muerto y, por ahora, no entra en mis planes.  

Así que espero aprender DE UNA VEZ a darle la vuelta. ¡Ahí queda eso! A partir de ahora voy a alegrarme siempre que…

… me quede con una cierta insatisfacción por “eso” pendiente de arreglar
… se me escape un suspiro mirando aquellos libros que aún me esperan para ser leídos
… e incluso un enfado porque “¿es que no me vais a dejar tranquila de una puta vez para que acabe esto, joder?”

 … porque todo eso, es vida pendiente y no quiero que se me acabe.

Quiero armarios por ordenar (sí, ¿qué pasa?, me gusta ordenar armarios); cositas por reparar en casa; libros por leer; que se me acumulen las series, la lista ocupe dos páginas y ya no me acuerde en qué capítulo me quedé; películas por disfrutar; una interminable sucesión de lugares que conocer… no quiero tenerlo todo hecho, ni que me agobie lo pendiente.

Simplemente, quiero disfrutar lo que tengo y lo que me queda por tener.

 

En este encierro forzoso, como me decía hoy mi amigo David de Madrid, hay algunas cosas que nos deberían de hacer reaccionar:
– Aprendamos a ignorar a esos inextinguibles “enteraos” que ya saben (y han sabido siempre) lo que iba a pasar y lo que hay que hacer en todo momento.
– Definamos mejor nuestras lealtades y nuestras luchas, ya que nuestros políticos (ya me da igual su color o bandera) son todo menos valientes o profesionales. A diferencia de todos aquellos que están ahí tirando del carro para que esto no se hunda.
– Avergoncemos a esos insolidarios que empañan este enorme esfuerzo colectivo (son casi tan difíciles de erradicar como los “enteraos”).
– Recordemos que el exceso de optimismo no deja de ser una manera de controlar nuestro miedo, pero también es una cierta falta de respeto para los que ya han perdido a algún familiar en esta pandemia.

 

Estos días de reencuentro con los básicos creo que todos nos estamos dando cuenta de que no teníamos motivos para tanta queja.

Que sí, que los atascos en la carretera son un coñazo, pero nos pillan ahí porque vamos o venimos de algún lugar… y, a veces, al fondo, hay un amanecer o un atardecer increíbles esperando ser contemplados, o una buena canción esperando ser vociferada cantada en el coche, o una sonrisa que compartir con el pobre conductor atrapado en el vehículo de al lado.

Que los hijos son un coñazo, dan mucho trabajo, son dictadores egoístas, pero TÚ TAMBIÉN ERAS ASÍ. Hay que quererlos, qué le vamos a hacer… En serio, tienen sus cosillas, pero, en mi caso, sólo ellos tienen la llave de mi alma (¡¡Dios, no hay forma de huir!!).

Que los cafés con los compañeros de trabajo son un momento entrañable.

Que la gente del “gym” son casi como de la familia.

Que visitar a tu madre y darle un abrazo es un regalo de la vida.

Que nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro clima… molan. Ya veréis cuando podamos salir, lo chulo que nos va a parecer todo.

Que nuestros amigos son la mejor lotería que nos ha tocado nunca.

Que la cercanía social mola, y aún más si el cercano está requetebueno y te mira con hambre.

En este reencuentro con los básicos, quizá vamos a aprender a valorar más lo que teníamos. Ese café en un bar, esa sesión de sexo cojonudo, ese beso con olor a sueño, ese abrazo y el aroma de quien nos abraza, esa tarde tonta que callejeas sin rumbo… cuántas veces los hemos vivido como puro trámite… ¡y eran un regalazo!

Deja un comentario