La aguja en el pajar

Hace unos días, filosofando con la loca de mi amiga Amaya, el tema de nuestra ida de olla era “hasta dónde ilusionarse con las cosas”… bueno, no, con las cosas no, era con los hombres, pa’que nos vamos a engañar…

Unos días después, en una conversación con un prácticamente-desconocido encantador, repasábamos la diferencia entre las relaciones cara a cara y las relaciones de ahora, que son cara a pantalla.

Y algo se nos ha perdido por el camino…

Yo, en las relaciones cara a cara, era buena… (muuuuuy buena).
Si alguien no me daba buenas sensaciones, ya pudiera ser que estuviera pa’comérselo de bueno, me alejaba. La gente que me inspiraba confianza, acabó siendo conocidos de salidas y conversaciones, algunos incluso siguen en mi lista de amistades. Nunca tuve un problema por haber pensado que “nosequién” era buena persona y luego resultó ser un demonio. Mis radares y mis filtros funcionaban con precisión suiza como por arte de magia y les agradezco infinito que me ahorraran un montón de decepciones.

Pero ahora, “ohmaigat”… el rollito este de nuestros días… me ha reventado los esquemas, y con los esquemas reventados, las decepciones, disgustos, desilusiones, los “te lo dije” y los “cómo has podido ser tan tonta…” están ganando por goleada a esa intuición que parece quedar anestesiada con el brillo de la pantallita de los cojones.

Me pregunto si es que mis radares fallan o si es que la capacidad de mentir de los “impresenteibols” que hay por ahí aumenta cuando se esconden detrás de una app. En el cara a cara, esconderse es más difícil (y requiere de más valor y “sangre fría”).
Quizá también tuve suerte, porque mentirosos y gente dispuesta a aprovecharse de una hubo siempre y por todos lados… pero ahora creo que el afán de sentirse deseados, populares, perfectos y capaces de mover olas de seguidores nos está llevando a la banalización total de las relaciones.

A la falta de respecto sin miramientos, sin arrepentimiento y sin complejos.

Y ES TRISTE… ¿No os parece?

En este tiempito sin pareja me he NOS HEMOS encontrado con multitud de situaciones ¿surrealistas?, ¿patéticas?, ¿tristes?, ¿sórdidas?, ¿absurdas?, ¿infantiles?, ¿humillantes?…

La lista de adjetivos negativos es interminable…

Y caaaaada vez me pregunto a dónde nos está llevando esto.

A algunos, está claro, a tener una colección de presas a la altura de Julio Iglesias, probablemente. Me pregunto si en algún momento hasta coleccionar amantes debe convertirse en rutina y aburrir. Además de hacer que te sientas vacío, digo yo.

A otras (como a Amaya y a mí) nos está llevando a la reflexión: “¿hasta dónde me ilusiono con este nuevo match?”.

Si escuchas algo que ya te dijo alguien que te mintió… ¿cómo evitar que se enciendan las alarmas y, a la vez, disimular para no quedar como una loca paranoica y desconfiada? ¿Lo dices y quizá lo estropeas? ¿Te arriesgas? ¿Apuestas? ¿Entregas tu confianza, tu buena fe porque, en realidad, una es así?

¿No os parece triste tener que inventarte ser quien no eres porque alguien se aprovechó de esa buena fe que (quizá algún día) enamorará a la persona correcta?

Mostrarse como uno es, en estos tiempos, ha pasado de ser un valor a ser un riesgo.

Algo va mal, definitivamente.

A todas nos han roto el corazón unas cuantas veces ya, tantas que hemos aprendido a marcar cada pieza con su posición, recomponerlo es como montar un puzle haciendo trampas. Es cada vez más fácil y, aunque no queda como nuevo, da el pego. Aunque cansa esa sensación de que nadie apuesta por nadie, nadie está dispuesto a poner el freno y tomarse un poco de tiempo y dar atención personalizada y honesta.

Todo es superficial, rápido y barato.

¿Sabéis lo que os digo?, seguramente los corazones recompuestos son los más capaces de valorar cuando algo SÍ es. Pero es como encontrar la aguja del pajar.

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